ESPECIAL
01 de fevereiro de 2006
Tribunas y análisis - 23 de enero de 2006
Chile, Bolivia… izquierda «responsable» contra izquierda
«populista»
Análisis

La victoria electoral de Evo Morales en Bolivia pone de nuevo a
América Latina en el centro del interés mediático al cabo de una larga
ausencia. Erróneamente comparada con la elección de la socialista chilena
Michelle Bachelet, la elección boliviana es interpretada en los medios, con
toda justeza, como el símbolo de viraje político continental.
Como vimos en nuestra edición del 9 de
enero, los medios conservadores españoles reaccionaron ante la
elección de Evo Morales con la publicación de análisis que iban de una ligera
inquietud a la prudencia. La opinión general de los expertos consultados era
que la elección implicaba riesgos para la «democracia» (acusación clásica de
los medios conservadores ante el advenimiento de un poder progresista), pero
que era posible mantener el control del país e impedirle alejarse
substancialmente de las políticas que acostumbraba a seguir anteriormente.
Reaccionando después que sus colegas, el diario español de centroizquierda El
País dedica ampliamente sus más recientes páginas de «opinión» a la
reorientación política de América Latina mediante la publicación de opiniones
mucho más cercanas a las expuestas por el gobierno de José Luis Rodríguez
Zapatero. En lo tocante a la elección de Evo Morales, el diario publica dos
puntos de vista globalmente favorables a los objetivos anunciados por el
presidente boliviano y que relativizan el carácter «revolucionario» de su
política.
Por el contrario, el ex presidente socialista del gobierno español, Felipe
González, niega el carácter revolucionario del cambio en Bolivia. Según él, se
trata solamente de una alternancia política que no implica cambio en el modelo
existente sino que trata de eliminar el estancamiento institucional y las
desigualdades sociales. Elogia el programa institucional y económico de Morales
y augura un futuro promisorio. Su única inquietud es que la falta de unidad
nacional y de consenso pueda perjudicar el desarrollo del país.
El uruguayo Enrique V. Iglesias, secretario general de
Aunque representa a España en Venezuela, el embajador Raúl Morodo
promociona a Venezuela en España, no lo contrario. Morodo afirma en El País,
diario próximo al Partido Socialista español, que el gobierno bolivariano es
una forma de populismo democrático que da la palabra a poblaciones
tradicionalmente marginadas de la representación política, lo cual permite al
mismo tiempo progresos sociales y el mantenimiento del Estado de derecho.
Modera un poco sus palabras al afirmar que, para que el modelo sea perfecto,
habrá que alcanzar un consenso nacional. El embajador no vacila sin embargo en
presentar este sistema como un posible modelo de desarrollo para todo el
subcontinente latinoamericano. En realidad, al elogiar al presidente Chávez, el
embajador legitima la reorientación de la política exterior española llevada a
cabo por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. En efecto, el gobierno
anterior, dirigido por el conservador José María Aznar, apoyó la intentona
golpista contra el presidente venezolano Hugo Chávez [1] y
empujó a
Por supuesto, los políticos latinoamericanos seguidores de
Washington no ven con buenos ojos el viraje político de los Estados de la
región. A pesar de ello, establecen, al analizar los gobiernos «de izquierda»
que han conquistado recientemente el poder, la diferencia entre una izquierda
«respetable», que se somete a las normas estadounidenses, y una izquierda
«populista» representada por Hugo Chávez, a quien culpan de todos los males. El
International Herald Tribune, filial del New York Times, publica
el punto de vista de estos seguidores de Washington.
El ex ministro mexicano de Relaciones Exteriores, Jorge Castañeda, no escatima
elogios al referirse a los gobiernos de la izquierda «responsable» desde el punto
de vista geoestratégico, o sea sometida a Estados Unidos. Afirma que son estos
gobiernos los que pueden desarrollar a sus países. En cambio, estigmatiza a
Venezuela, símbolo de una tradición de izquierda «populista». Afirma sin
embargo que un buen manejo de la situación por parte de Estados Unidos y Brasil
puede llegar a corregir la natural inclinación de Evo Morales hacia la segunda
tendencia, conclusión ya formulada anteriormente por el analista peruano Álvaro Vargas Llosa en las páginas del mismo diario el pasado
28 de diciembre.
Por su parte, Enrique Horst, ex dirigente de
Como podemos ver, los sectores pro estadounidenses no consideran a
Michelle Bachelet como una adversaria, lo cual no impide que gran número de
diarios europeos vean en su elección la confirmación de un viraje en América
Latina. Sin embargo, la señora Bachelet no era más que la candidata del partido
en el poder, partido que aplicó una política económica neoliberal y aportó todo
su apoyo a la administración Bush en las negociaciones continentales.
So pretexto de que Michelle Bachelet es mujer, los medios mainstream
occidentales imaginan la ruptura que se supone ella representa y exaltan así,
de forma absurda, la diferencia biológica entre ella y su mentor, Ricardo
Lagos, negando su continuidad ideológica. La «socialista» Michelle Bachelet fue
particularmente promocionada en Francia en los medios de centroizquierda ya que
la elección chilena se produjo al mismo tiempo que una intensa campaña de
marketing a favor de la socialista francesa Segolene Royale, candidata favorita
de los medios por la izquierda francesa, quien a su vez participó brevemente en
la campaña de la nueva presidenta chilena.
En el diario colombiano El Tiempo, el escritor Sergio Ramírez, ex
vicepresidente de Nicaragua, elogia el pragmatismo de Michelle Bachelet. Al
saludar la nueva presidencia, Ramírez evoca el consenso que Bachelet logró
establecer con los militares chilenos durante su gestión al frente del
Ministerio de Defensa. Concretamente, mientras que todos se extasían ante el
cambio que Bachelet podría aportar, Ramírez saluda el conservadurismo del que
dio prueba ante militares chilenos dotados aún de enormes poderes.
Del otro lado del tablero político, Marc Cooper, periodista estadounidense de The
Nation y ex miembro del servicio de prensa de Salvador Allende, se muestra
mucho más dubitativo. En Los Angeles Times, aprecia en la figura de
Michelle Bachelet el símbolo que representa la elección de una madre soltera
agnóstica a la cabeza de un país detenido en el plano de las costumbres desde
1973, pero no parece esperar de ella mucho más. Recuerda que los «socialistas»
chilenos no pusieron nunca en peligro las desigualdades sociales existentes en
Chile, provenientes del capitalismo salvaje que implantó la junta del general
Pinochet, y teme que Michelle Bachelet se mantenga en esa línea. Sin dar la
impresión de esperar ser escuchado, pide a la nueva presidenta una reforma del
sistema de jubilación y de la seguridad social, que reduzca el presupuesto
militar y que envíe a Pinochet a los tribunales.
En un país profundamente marcado aún por los crímenes de la dictadura, la
derecha seudo liberal y la izquierda socialdemócrata mantienen todavía la
búsqueda de un consenso nacional sobre la base del más mínimo denominador
común. Como resultado, por ejemplo, están las grandes convergencias en el plano
económico. La diferencia entre ambos bandos reside en la cuestión de la
democracia: de un lado encontramos una derecha seudo liberal avergonzada y
nostálgica del pinochetismo, del otro una izquierda socialdemócrata dispuesta a
hacer muchas concesiones para no revivir el martirio que tuvo que sufrir. Al
mismo tiempo, más allá de la continuidad política que se impone en ese contexto
a todo gobernante electo, el sentido profundo del voto de los chilenos está en
otro plano. Este expresa la voluntad de dar un paso más hacia la reconciliación
nacional según una fórmula que respete la exigencia de justicia.
Como quiera que sea, aunque el programa de la presidenta chilena
no conlleva ninguna ruptura, el viraje de América Latina es un hecho real que
inquieta a los defensores de la doctrina Monroe en Estados Unidos. En el Washington Times, Susan Segal y Eric Farnsworth, del
Council of the
[1] ver «Révélations sur les pays qui ont
soutenu le putsch anti-Chavez», Voltaire, 3 de diciembre de
2004.