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08 de setembro de 2005
NUESTRA
AMÉRICA
CARTA
DE JAMAICA
Simón
Bolívar.
Este
documento expone las causas y razones que justifican la independencia y es
donde se establece la necesidad de la unidad de los territorios emancipados.
Por ello se sostiene que aquí se encuentran las bases de la doctrina
bolivariana de “unidad e independencia” de Nuestra América que hoy resurge. Es
importante destacar que la doctrina bolivariana es anterior a su opuesta, la
doctrina Monroe de “América para los Americanos”, expuesta en 1823.
La
Carta de Jamaica fue conocida originalmente como “Contestación de un americano
meridional a un caballero de esta Isla” , fue escrito por Simón Bolívar en
Kingston; al ciudadano inglés Henry Cullen.
Muy
señor mío: Me apresuro a contestar la carta de 29 del mes pasado que usted me
hizo el honor de dirigirme, y yo recibí con la mayor satisfacción.
Sensible
como debo, al interés que usted ha querido tomar por la suerte de mi patria,
afligiéndose con ella por los tormentos que padece, desde su descubrimiento
hasta estos últimos períodos, por parte de sus destructores los españoles, no
siento menos el comprometimiento en que me ponen las solícitas demandas que
usted me hace, sobre los objetos más importantes de la política americana. Así,
me encuentro en un conflicto, entre el deseo de corresponder a la confianza con
que usted me favorece, y el impedimento de satisfacerle, tanto por la falta de
documentos y de libros, cuanto por los limitados conocimientos que poseo de un
país tan inmenso, variado y desconocido como el Nuevo Mundo.
En mi
opinión es imposible responder a las preguntas con que usted me ha honrado. El
mismo barón de Humboldt, con su universalidad de conocimientos teóricos y
prácticos, apenas lo haría con exactitud, porque aunque una parte de la
estadística y revolución de América es conocida, me atrevo a asegurar que la
mayor está cubierta de tinieblas y, por consecuencia, sólo se pueden ofrecer
conjeturas más o menos aproximadas, sobre todo en lo relativo a la suerte
futura, y a los verdaderos proyectos de los americanos; pues cuantas
combinaciones suministra la historia de las naciones, de otras tantas es
susceptible la nuestra por sus posiciones físicas, por las vicisitudes de la
guerra, y por los cálculos de la política.
Como
me conceptúo obligado a prestar atención a la apreciable carta de usted, no
menos que a sus filantrópicas miras, me animo a dirigir estas líneas, en las
cuales ciertamente no hallará usted las ideas luminosas que desea, mas sí las
ingenuas expresiones de mis pensamientos.
«Tres
siglos ha —dice usted— que empezaron las barbaridades que los españoles
cometieron en el grande hemisferio de Colón». Barbaridades que la presente edad
ha rechazado como fabulosas, porque parecen superiores a la perversidad humana;
y jamás serían creídas por los críticos modernos, si constantes y repetidos
documentos no testificasen estas infaustas verdades. El filantrópico obispo de
Chiapa, el apóstol de la América, Las Casas, ha dejado a la posteridad una
breve relación de ellas, extractada de las sumarias que siguieron en Sevilla a
los conquistadores, con el testimonio de cuantas personas respetables había
entonces en el Nuevo Mundo, y con los procesos mismos que los tiranos se
hicieron entre sí: como consta por los más sublimes historiadores de aquel
tiempo. Todos los imparciales han he cho justicia al celo, verdad y virtudes de
aquel amigo de la humanidad, que con tanto fervor y firmeza denunció ante su
gobierno y contemporáneos los actos más horrorosos de un frenesí sanguinario.
Con
cuánta emoción de gratitud leo el pasaje de la carta de usted en que me dice
«que espera que los sucesos que siguieron entonces a las armas españolas,
acompañen ahora a las de sus contrarios, los muy oprimidos americanos
meridionales». Yo tomo esta esperanza por una predicción, si la justicia decide
las contiendas de los hombres. El suceso coronará nuestros esfuerzos; porque el
destino de América se ha fijado irrevocablemente: el lazo que la unía a España
está cortado: la opinión era toda su fuerza; por ella se estrechaban mutuamente
las partes de aquella in mensa monarquía; lo que antes las enlazaba ya las
divide; más grande es el odio que nos ha inspirado la Península que el mar que
nos separa de ella; menos difícil es unir los dos continentes, que reconciliar
los espír itus de ambos países. El hábito a la obediencia; un comercio de
intereses, de luces, de religión; una recíproca benevolencia; una tierna
solicitud por la cuna y la gloria de nuestros padres; en fin, todo lo que
formaba nuestra esperanza nos venía de España. De aquí nacía un principio de
adhesión que parecía eterno; no obstante que la inconducta de nuestros
dominadores relajaba esta simpatía; o, por mejor decir, este apego forzado por
el imperio de la dominación. Al presente sucede lo contrario; la muerte, el
deshonor, cuanto es nocivo, nos amenaza y tememos: todo lo sufrimos de esa
desnaturalizada madrastra. El velo se ha rasgado y hemos visto la luz y se nos
quiere volver a las tinieblas: se han roto las cadenas; ya hemos sido libres, y
nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos. Por lo tanto, América
combate con despecho; y rara vez la desesperación no ha arrastrado tr! as sí la
victoria.
Porque
los sucesos hayan sido parciales y alternados, no debemos desconfiar de la
fortuna. En unas partes triunfan los in dependientes, mientras que los tiranos
en lugares diferentes, obtienen sus ventajas, y ¿cuál es el resultado final?
¿No está el Nuevo Mundo entero, conmovido y armado para su defensa? Echemos una
ojeada y observaremos una lucha simultánea en la misma extensión de este
hemisferio.
El
belicoso estado de las provincias del Río de la Plata ha purgado su territorio
y conducido sus armas vencedoras al Alto Perú, conmoviendo a Arequipa, e
inquietado a los realistas de Lima. Cerca de un millón de habitantes disfruta
allí de su libertad.
El
reino de Chile, poblado de ochocientas mil almas, está lidian do contra sus
enemigos que pretenden dominarlo; pero en vano, porque los que antes pusieron
un término a sus conquistas, los indómitos y libres araucanos, son sus vecinos
y compatriotas; y su ejemplo sublime es suficiente para probarles, que el
pueblo que ama su independencia, por fin la logra.
El
virreinato del Perú, cuya población asciende a millón y medio de habitantes,
es, sin duda, el más sumiso y al que más sacrificios se le han arrancado para
la causa del rey, y bien que sean vanas las relaciones concernientes a aquella
porción de América, es indubitable que ni está tranquila, ni es capaz de
oponerse al torrente que amenaza a las más de sus provincias.
La
Nueva Granada que es, por decirlo así, el corazón de la América, obedece a un
gobierno general, exceptuando el reino de Quito que con la mayor dificultad
contienen sus enemigos, por ser fuertemente adicto a la causa de su patria; y
las provincias de Panamá y Santa Marta que sufren, no sin dolor, la tiranía de
sus señores. Dos millones y medio de habitantes están esparcidos en aquel
territorio que actualmente defienden contra el ejército español bajo el general
Morillo, que es verosímil sucumba delante de la inexpugnable plaza de
Cartagena. Mas si la tomare será a costa de grandes pérdidas, y desde luego
carecerá de fuerzas bastantes para subyugar a los morigeros y bravos moradores
del interior.
En
cuanto a la heroica y desdichada Venezuela sus acontecimientos han sido tan
rápidos y sus devastaciones tales, que casi la han reducido a una absoluta
indigencia a una soledad espantosa; no obstante que era uno de los más bellos
países de cuantos hacían el orgullo de América. Sus tiranos gobiernan un
desierto, y sólo oprimen a tristes restos que, escapados de la muerte,
alimentan una precaria existencia; algunas mujeres, niños y ancianos son los
que quedan. Los más de los hombres han perecido por no ser esclavos, y los que
viven, combaten con furor, en los campos y en los pueblos internos hasta
expirar o arrojar al mar a los que insaciables de sangre y de crímenes,
rivalizan con los primeros monstruos que hicieron desaparecer de la América a
su raza primitiva. Cerca de un millón de habitantes se contaba en Venezuela y
sin exageración se puede conjeturar que una cuarta parte ha sido sacrificada
por la tierra, la espada, el hambre, la peste, las peregrinaciones; excepto el
terremoto, todos resultados de la guerra.
En
Nueva España había en 1808, según nos refiere el barón de Humboldt, siete
millones ochocientas mil almas con inclusión de Guatemala. Desde aquella época,
la insurrección que ha agitado a casi todas sus provincias, ha hecho disminuir
sensiblemente aquel cómputo que parece exacto; pues más de un millón de hombres
han perecido, como lo podrá usted ver en la exposición de Mr. Walton que
describe con fidelidad los sanguinarios crímenes cometidos en aquel opulento
imperio. Allí la lucha se mantiene a fuerza de sacrificios humanos y de todas
especies, pues nada ahorran los españoles con tal que logren someter a los que
han tenido la desgracia de nacer en este suelo, que parece destinado a
empaparse con la sangre de sus hijos. A pesar de todo, los mejicanos serán
libres, porque han abrazado e l partido de la patria, con la resolución de
vengar a sus pasados, o seguirlos al sepulcro. Ya ellos dicen con Reynal: llegó
el tiempo en fin, de pagar a los españoles suplicios con suplicios y de ahogar
a esa raza de exterminadores en su sangre o en el mar.
Las
islas de Puerto Rico y Cuba, que entre ambas pueden formar una población de
setecientas a ochocientas mil almas, son las que más tranquilamente poseen los
españoles, porque están fuera del contacto de los independientes. Mas ¿no son
americanos estos insulares? ¿No son vejados? ¿No desearán su bienestar?
Este
cuadro representa una escala militar de dos mil leguas de longitud y
novecientas de latitud en su mayor extensión en que dieciséis millones de
americanos defienden sus derechos, o están comprimidos por la nación española
que aunque fue en algún tiempo el más vasto imperio del mundo, sus restos son
ahora impotentes para dominar el nuevo hemisferio y hasta para mantenerse en el
antiguo. ¿Y~~ y amante de la libertad permite que una vieja serpiente por sólo
satisfacer su saña envenenada, devore ta más bella parte de nuestro globo?
¡Qué! ¿Está Europa sorda al clamor de su propio interés? ¿No tiene ya ojos para
ver la justicia? ¿Tanto se ha endurecido para ser de este modo insensible?
Estas cuestiones cuanto más las medito, más me confunden; llego a pensar que s
e aspira a que desaparezca la América, pero es imposible porque toda Europa no
es España. ¡Qué demencia la de nuestra enemiga, pretender reconquistar América,
sin marina, sin tesoros y casi sin soldados! Pues los que tiene, apenas son
bastantes para retener a su propio pueblo en una violenta obediencia, y
defenderse de sus vecinos. Por otra parte, ¿podrá esta nación hacer el comercio
exclusivo de la mitad del mundo sin manufacturas. Sin producciones
territoriales, sin artes, sin ciencias, sin política? Lograda que fuese esta
loca empresa, y suponiendo más, aun lograda la pacificación, los hijos de los
actuales americanos únicos con los de los europeos reconquistadores, ¿no
volverían a formar dentro de veinte años los mismos patrióticos designios que
ahora se están combatiendo?
Europa
haría un bien a España en disuadirla de su obstinada temeridad, porque a lo
menos le ahorrará los gastos que expende, y la sangre que derrama; a fin de que
fijando su atención en sus propios recintos, fundase su prosperidad y poder
sobre bases más sólidas que las de inciertas conquistas, un comercio precario y
exacciones violentas en pueblos remotos, enemigos y poderosos. Europa misma por
miras de sana política debería haber preparado y ejecutado el proyecto de la
independencia americana, no sólo porque el equilibrio del mundo así lo exige,
sino porque éste es el medio legítimo y seguro de adquirirse establecimientos
ultramarinos de comercio. Europa que no se halla agitada por las violentas
pasiones de la venganza, ambición y codicia, como España, parece que estaba
autorizada por todas las leye s de la equidad a ilustrarla sobre sus bien
entendidos intereses.
Cuantos
escritores han tratado la materia se acordaban en esta parte. En consecuencia,
nosotros esperábamos con razón que todas las naciones cultas se apresurarían a
auxiliarnos, para que adquiriésemos un bien cuyas ventajas son recíprocas a
entrambos hemisferios. Sin embargo, ¡cuán frustradas esperanzas! No sólo los
europeos. pero hasta nuestros hermanas del Norte se han mantenido inmóviles
espectadores de esta contienda, que por su esencia es la más justa, y por sus
resultados la más bella e importante de cuantas se han suscitado en los siglos
antiguos y modernos, ¿porque hasta dónde se puede calcular la trascendencia de
la libertad en el hemisferio de Colón?
«La
felonía con que Bonaparte —dice usted— prendió a Carlos IV y a Fernando VII,
reyes de esta nación, que tres siglos la aprisionó con traición a dos monarcas
de la América meridional, es un acto manifiesto de retribución divina y, al
mismo tiempo, una prueba de que Dios sostiene la justa causa de los americanos,
y les concederá su independencia».
Parece
que usted quiere aludir al monarca de Méjico Moctezuma, preso por Cortés y
muerto, según Herrera, por el mismo, aunque Solís dice que por el pueblo, y a
Atahualpa, inca del Perú, destruido por Francisco Pizarro y Diego Almagro.
Existe tal diferencia entre la suerte de los reyes españoles y los reyes
americanos, que no admiten comparación; los primeros son tratados con dignidad,
conservados, y al fin recobran su libertad y trono; mientras que los últimos
sufren tormentos inauditos y los vilipendios más vergonzosos. Si a Guatimozín
sucesor de Moctezuma, se le trata como emperador, y le ponen la corona, fue por
irrisión y no por respeto, para que experimentase este escarnio antes que las
torturas. Iguales a la suerte de este monarca fueron las del rey de Michoacán,
Catzontzin; el Zipa de Bogotá, y cuanto s Toquis, Imas, Zipas, Ulmenes,
Caciques y demás dignidades indianas sucumbieron al poder español. El suceso de
Fernando VII es más semejante al que tuvo lugar en Chile en 1535 con el Ulmén
de Copiapó, entonces reinante en aquella comarca. El español Almagro pretextó,
como Bonaparte, tomar partido por la causa del legítimo soberano y, en
consecuencia, llama al usurpador, como Fernando lo era en España; aparenta
restituir al legítimo a sus estados y termina por encadenar X echar a las
llamas al infeliz Ulmén, sin querer ni aún oír su defensa. Este es el ejemplo
de Fernando VII con su usurpador; los reyes europeos sólo padecen destierros,
el Ulmén de Chile termina su vida de un modo atroz.
«Después
de algunos meses —añade usted— he hecho muchas reflexiones sobre la situación
de los americanos y sus esperanzas futuras; tomo grande interés en sus sucesos;
pero me faltan muchos informes relativos a su estado actual y a lo que ellos
aspiran; deseo infinitamente saber la política de cada provincia como también
su población; si desean repúblicas o monarquías, si formarán una gran república
o una gran monarquía. Toda noticia de esta especie que usted pueda darme o
indicarme las fuentes a que debo ocurrir, la estimaré como un favor muy
particular».
Siempre
las almas generosas se interesan en la suerte de un pueblo que se esmera por
recobrar los derechos con que el Creador y la naturaleza le han dotado; y es
necesario estar bien fascinado por el error o por las pasiones para no abrigar
esta noble sensación; usted ha pensado en mi país, y se interesa por él, este
acto de benevolencia me inspira el más vivo reconocimiento.
He
dicho la población que se calcula por datos más o menos exactos, que mil
circunstancias hacen fallidos, sin que sea fácil remediar esta inexactitud,
porque los más de los moradores tienen habitaciones campestres, y muchas veces
errantes; siendo labradores, pastores, nómadas, perdidos en medio de espesos e
inmensos bosques, llanuras solitarias, y aislados entre lagos y ríos
caudalosos. ¿Quién será capaz de formar una estadística completa de semejantes
comarcas? Además, los tributos que pagan los indígenas; las penalidades de los
esclavos; las primicias, diezmos y derechos que pesan sobre los labradores, y
otros accidentes alejan de sus hogares a los pobres americanos. Esto sin hacer
mención de la guerra de exterminio que ya ha segado cerca de un octavo de la
población, y ha ahuyentado una gran parte ; pues entonces las dificultades son
insuperables y el empadronamiento vendrá a reducirse a la mitad del verdadero
censo.
Todavía
es más difícil presentir la suerte futura del Nuevo Mundo, establecer
principios sobre su política, y casi profetizar la naturaleza del gobierno que
llegará a adoptar. Toda idea relativa al porvenir de este país me parece
aventurada. ¿Se puede prever cuando el género humano se hallaba en su infancia
rodeado de tanta incertidumbre, ignorancia y error, cuál seria el régimen que
abrazaría para su conservación? ¿Quién se habría atrevido a decir tal nación
será república o monarquía, ésta será pequeña, aquélla grande? En mi concepto,
esta es la imagen de nuestra situación. Nosotros somos un
pequeño género humano; poseemos un mundo aparte, cercado por dilatados mares;
nuevos en casi todas las art es y ciencias, aunque en cierto modo viejos en los
usos de la sociedad civil. Yo considero el estado actual de América, como
cuando desplomado el imperio romano cada desmembración formó un sistema
político, conforme a sus intereses y situación, o siguiendo la ambición
particular de algunos jefes, familias o corporaciones, con esta notable
diferencia, que aquellos miembros dispersos volvían a restablecer sus antiguas
naciones con las alteraciones que exigían las cosas o los sucesos; mas nosotros,
que apenas conservamos vestigios de lo que en otro tiempo fue, y que por otra
parte no somos indios, ni europeos, sino una especie mezcla entre los legítimos
propietarios del país y los usurpadores españoles; en suma, siendo nosotros
americanos por nacimiento, y nuestros derechos los de Europa, tenemos que
disputar a éstos a los del país, y que mantenernos en él contra la invasión! de
los invasores; así nos hallemos en el caso más extraordinario y complicado. No
obstante que es una especie de adivinación indicar cuál será el resultado de la
línea de política que América siga, me atrevo aventurar algunas conjeturas que,
desde luego, caracterizo de arbitrarias, dictadas por un deseo racional, y no
por un raciocinio probable.
La
posición de los moradores del hemisferio americano, ha sido por siglos
puramente pasiva; su existencia política era nula. Nosotros estábamos en un
grado todavía más abajo de la servidumbre y, por lo mismo, con más dificultad
para elevarnos al goce de la libertad. Permítame usted estas consideraciones
para elevar la cuestión. Los Estados son esclavos por la naturaleza de su
constitución o por el abuso de ella; luego un pueblo es esclavo, cuando el
gobierno por su esencia o por sus vicios, holla y usurpa los derechos del
ciudadano o súbdito. Aplicando estos principios, hallaremos que América no
solamente estaba privada de su libertad, sino también de la tiranía activa y
dominante. Me explicaré. En las administraciones absolutas no se reconocen
límites en el ejercicio de las facultades gubernat ivas: la voluntad del gran
sultán, Kan, Bey y demás soberanos despóticos, es la ley suprema, y ésta, es
casi arbitrariamente ejecutada por los bajáes, kanes y sátrapas subalternos de
Turquía y Persia, que tienen organizada una opresión de que participan los
súbditos en razón de la autoridad que se les confía. A ellos está encargada la
administración civil, militar, política, de rentas, y la religión. Pero al fin
son persas los jefes de Ispahán, son turcos los visires del gran señor, son
tártaros los sultanes de la Tartaria. China no envía a buscar mandarines,
militares y letrados al país de Gengis Kan que la conquistó, a pesar de que los
actuales chinos son descendientes directos de los subyugados por los
ascendientes de los presentes tártaros.
¡Cuán
diferente entre nosotros! Se nos vejaba con una conducta que, además de
privarnos de los derechos que nos correspondían, nos dejaba en una especie de
infancia permanente, con respecto a las transacciones públicas. Si hubiésemos
siquiera manejado nuestros asuntos domésticos en nuestra administración
interior, conoceríamos el curso de los negocios públicos y su mecanismo,
moraríamos también de la consideración personal que impone a los ojos del
pueblo cierto respeto maquinal que es tan necesario conservar en las
revoluciones. He aquí por qué he dicho que estábamos privados hasta de la
tiranía activa, pues que no nos está permitido ejercer sus funciones.
Los
americanos en el sistema español que está en vigor, y quizá con mayor fuerza
que nunca, no ocupan otro lugar en la sociedad que el de siervos propios para
el trabajo y, cuando más, el de simples consumidores; y aun esta parte coartada
con restricciones chocantes; tales son las prohibiciones del cultivo de frutos
de Europa, el estanco de las producciones que el rey monopoliza, el impedimento
de las fábricas que la misma Península no posee, los privilegios exclusivos del
comercio hasta de los objetos de primera necesidad; las trabas entre provincias
y provincias americanas para que no se traten, entiendan, ni negocien; en fin,
¿quiere usted saber cuál era nuestro destino? Los campos para cultivar el añil,
la grana, el café, la caña, el cacao y el algodón; las llanuras solitarias para
criar ganados, los desiertos para cazar las bestias feroces, las entrañas de la
tierra para excavar el oro que no puede saciar a esa nación avarienta.
Tan
negativo era nuestro estado que no encuentro semejante en ninguna otra
asociación civilizada, por más que recorro la serie de las edades y la política
de todas las naciones. Pretender que un país tan felizmente constituido,
extenso, rico y populoso sea meramente pasivo, ¿no es un ultraje y una
violación de los derechos de la humanidad?
Estábamos,
como acabo de exponer, abstraídos y, digámoslo así, ausentes del universo en
cuanto es relativo a la ciencia del gobierno y administración del Estado. Jamás
éramos virreyes ni gobernadores sino por causas muy extraordinarias; arzobispos
y obispos pocas veces; diplomáticos nunca; militares sólo en calidad de
subalternos; nobles, sin privilegios reales; no éramos, en fin, ni magistrados
ni financistas, y casi ni aun comerciantes; todo en contravención directa de
nuestras instituciones.
El
emperador Carlos V formó un pacto con los descubridores, conquistadores y
pobladores de América que, como dice Guerra, es nuestro contrato social. Los
reyes de España convinieron solemnemente con ellos que lo ejecutasen por su
cuenta y riesgo, prohibiéndoles hacerlo a costa de la real hacienda, y por esta
razón se les concedía que fuesen señores de la tierra, que organizasen la
administración y ejerciesen la judicatura en apelación; con otras muchas
exenciones y privilegios que sería prolijo detallar. El rey se comprometió a no
enajenar jamás las provincias americanas, como que a él no tocaba otra jurisdicción
que la del alto dominio, siendo una especie de propiedad feudal la que allí
tenían los conquistadores para sí y sus descendientes. Al mismo tiempo existen
leyes expresas que favorecen casi exclusivamente a los naturales del país,
originarios de España, en cuanto a los empleos civiles, eclesiásticos y de
rentas. Por manera que con una violación manifiesta de las leyes y de los
pactos subsistentes, se han visto despojar aquellos naturales de la autoridad
constitucional que les daba su código.
De
cuanto he referido, será fácil colegir que América no estaba preparada, para
desprenderse de la metrópoli, como súbitamente sucedió por el efecto de las
ilegítimas cesiones de Bayona, y por la inicua guerra que la regencia nos
declaró sin derecho alguno para ello no sólo por la falta de justicia, sino
también de legitimidad. Sobre la naturaleza de los gobiernos españoles, sus
decretos conminatorios y hostiles, y el curso entero de su desesperada
conducta, hay escritos del mayor mérito en el periódico El Español , cuyo
autor es el señor Blanco; y estando allí esta parte de nuestra historia muy
bien tratada, me limito a indicarlo.
Los
americanos han subido de repente y sin los conocimientos previos y, lo que es
más sensible, sin la práctica de los negocios públicos a representar en la
escena del mundo las eminentes dignidades de legisladores, magistrados,
administradores del erario, diplomáticos, generales, y cuantas autoridades
supremas y subalternas forman la jerarquía de un Estado organizado con
regularidad.
Cuando
las águilas francesas sólo respetaron los muros de la ciudad de Cádiz, y con su
vuelo arrollaron a los frágiles gobiernos de la Península, entonces quedamos en
la orfandad. Ya antes habíamos sido entregados a la merced de un usurpador
extranjero. Después, lisonjeados con la justicia que se nos debía, con
esperanzas halagüeñas siempre burladas; por último, inciertos sobre nuestro
destino futuro, y amenazados por la anarquía, a causa de la falta de un
gobierno legítimo, justo y liberal, nos precipitamos en el caos de la
revolución. En el primer momento sólo se cuidó de proveer a la seguridad
interior, contra los enemigos que encerraba nuestro seno. Luego se extendió a
la seguridad exterior; se establecieron autoridades que sustituimos a las que
acabábamos de deponer enca rgadas de dirigir el curso de nuestra revolución y
de aprovechar la coyuntura feliz en que nos fuese posible fundar un gobierno
constitucional digno del presente siglo y adecuado a nuestra situación.
Todos
los nuevos gobiernos marcaron sus primeros pasos con el establecimiento de
juntas populares. Estas formaron en seguida reglamentos para la convocación de
congresos que produjeron alteraciones importantes. Venezuela erigió un gobierno
democrático y federal, declarando previamente los derechos del hombre,
manteniendo el equilibrio de los poderes y estatuyendo leyes generales en favor
de la libertad civil, de imprenta y otras; finalmente, se constituyó un
gobierno independiente. La Nueva Granada siguió con uniformidad los
establecimientos políticos y cuantas reformas hizo Venezuela, poniendo por base
fundamental de su Constitución el sistema federal más exagerado que jamás
existió; recientemente se ha mejorado con respecto al poder ejecutivo general,
que ha obtenido cuantas atribuciones le corresponden. Según entiendo, Buenos
Aires y Chile han seguido esta misma línea de operaciones; pero como nos
hallamos a tanta distancia, los documentos son tan raros, y las noticias tan
inexactas, no me animaré ni aun a bosquejar el cuadro de sus transacciones.
Los
sucesos de México han sido demasiado varios, complicados, rápidos y
desgraciados para que se puedan seguir en el curso de la revolución. Carecemos,
además, de documentos bastante instructivos, que nos hagan capaces de
juzgarlos. Los independientes de México, por lo que sabemos, dieron principio a
su insurrección en septiembre de 1810, y un año después, ya tenían centralizado
su gobierno en Zitácuaro, instalado allí una junta nacional bajo los auspicios
de Fernando VII, en cuyo nombre se ejercían las funciones gubernativas. Por los
acontecimientos de la guerra, esta junta se trasladó a diferentes lugares, y es
verosímil que se haya conservado hasta estos últimos momentos, con las
modificaciones que los sucesos hayan exigido. Se dice que ha creado un
generalísimo o dictador que lo es e l ilustre general Morelos; otros hablan del
célebre general Rayón; lo cierto es que uno de estos dos grandes hombres o
ambos separadamente ejercen la autoridad suprema en aquel país; y recientemente
ha aparecido una constitución para el régimen del Estado. En marzo de 1812 el
gobierno residente en Zultepec, presentó un plan de paz y guerra al virrey de
México concebido con la más profunda sabiduría. En él se reclamó el derecho de
gentes estableciendo principios de una exactitud incontestable. Propuso la
junta que la guerra se hiciese como entre hermanos y conciudadanos; pues que no
debía ser más cruel que entre naciones extranjeras; que los derechos de gentes
y de guerra, inviolables para los mismos infieles y bárbaros, debían serlo más
para cristianos, sujetos a un soberano y a unas mismas leyes; que los
prisioneros no fuesen tratados como reos de lesa majestad, n! i se degollasen
los que rendían las armas, sino que se mantuviesen en rehenes para canjearlos;
que no se entrase a sangre y fuego en las poblaciones pacíficas, no las
diezmasen ni quitasen para sacrificarlas y, concluye, que en caso de no
admitirse este plan, se observarían rigurosamente las represalias. Esta
negociación se trató con el más alto desprecio; no se dio respuesta a la junta
nacional; las comunicaciones originales se quemaron públicamente en la plaza de
México, por mano del verdugo; y la guerra de exterminio continuó por parte de
los españoles con su furor acostumbrado, mientras que los mexicanos y las otras
naciones americanas no la hacían, ni aun a muerte con los prisioneros de guerra
que fuesen españoles. Aquí se observa que por causas de conveniencia se
conservó la apariencia de sumisión al rey y aun a la constitución de la
monarquía. Parece! que la junta nacional es absolutaen el ejercicio de las
funciones leg islativa, ejecutiva y judicial, y el número de sus miembros muy
limitado.
Los
acontecimientos de la tierra firme nos han probado que las instituciones
perfectamente representativas no son adecuadas a nuestro carácter, costumbres y
luces actuales. En Caracas el espíritu de partido tomó su origen en las
sociedades, asambleas y elecciones populares; y estos partidos nos tornaron a
la esclavitud. Y así como Venezuela ha sido la república americana que más se
ha adelantado en sus instituciones políticas, también ha sido el más claro
ejemplo de la ineficacia de la forma demócrata y federal para nuestros
nacientes Estados. En Nueva Granada las excesivas facultades de los gobiernos
provinciales y la falta de centralización en el general han conducido aquel
precioso país al estado a que se ve reducido en el día. Por esta razón sus
débiles enemigos se han conservado contra tod as las probabilidades. En tanto
que nuestros compatriotas no adquieran los talentos y las virtudes políticas
que distinguen a nuestros hermanos del Norte, los sistemas enteramente
populares, lejos de sernos favorables, temo mucho que vengan a ser nuestra
ruina. Desgraciadamente, estas cualidades parecen estar muy distantes de nosotros
en el grado que se requiere; y por el contrario, estamos dominados de los
vicios que se contraen bajo la dirección de una nación como la española que
sólo ha sobresal ido en fiereza, ambición, venganza y codicia.
Es más
difícil, dice Montesquieu, sacar un pueblo de la servidumbre, que subyugar uno
libre. Esta verdad está comprobada por los anales de todos los tiempos, que nos
muestran las más de las naciones libres, sometidas al yugo, y muy pocas de las
esclavas recobrar su libertad. A pesar de este convencimiento, los meridionales
de este continente han manifestado el conato de conseguir instituciones
liberales, y aun perfectas; sin duda, por efecto del instinto que tienen todos
los hombres de aspirar a su mejor felicidad posible; la que se alcanza infaliblemente
en las sociedades civiles, cuando ellas están fundadas sobre las bases de la
justicia, de la libertad y de la igualdad. Pero ¿seremos nosotros capaces de
mantener en su verdadero equilibrio la difícil carga de una República? ¿Se
puede concebir que un pueblo recientemente desencadenado , se lance a la esfera
de la libertad, sin que, como a Ícaro, se le deshagan las alas, y recaiga en el
abismo? Tal prodigio es inconcebible, nunca visto. Por consiguiente, no hay un
raciocinio verosímil, que nos halague con esta esperanza.
Yo
deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo,
menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Aunque aspiro a
la perfección del gobierno de mi patria, no puedo persuadirme que el Nuevo
Mundo sea por el momento regido por una gran república; como es imposible, no
me atrevo a desearlo; y menos deseo aún una monarquía universal de América,
porque este proyecto sin ser útil, es también imposible. Los abusos que
actualmente existen no se reformarían, y nuestra regeneración sería
infructuosa. Los Estados americanos han menester de los cuidados de gobiernos
paternales que curen las llagas y las heridas del despotismo y la guerra. La
metrópoli, por ejemplo, sería México, que es la única que puede serlo por su
poder intr&ia cute;nseco, sin el cual no hay metrópoli. Supongamos que
fuese el istmo de Panamá punto céntrico para todos los extremos de este vasto
continente, ¿no continuarían éstos en la languidez, y aún en el desorden actual?
Para que un solo gobierno dé vida, anime, ponga en acción todos los resortes de
la prosperidad pública, corrija, ilustre y perfeccione al Nuevo Mundo sería
necesario que tuviese las facultades de un Dios y, cuando menos, las luces y
virtudes de todos los hombres.
El
espíritu de partido que al presente agita a nuestros Estados, se encendería
entonces con mayor encono, hallándose ausente la fuente del poder, que
únicamente puede reprimirlo. Además, los magnates de las capitales no sufrirían
la preponderancia de los metropolitanos, a quienes considerarían como a otros
tantos tiranos; sus celos llegarían hasta el punto de comparar a éstos con los
odiosos españoles. En fin, una monarquía semejante sería un coloso deforme, que
su propio peso desplomaría a la menor convulsión.
Mr. de
Pradt ha dividido sabiamente a la América en quince o diecisiete Estados
independientes entre sí, gobernados por otros tantos monarcas. Estoy de acuerdo
en cuanto a lo primero, pues la América comporta la creación de diecisiete
naciones; en cuanto a lo segundo, aunque es más fácil conseguirla, es menos
útil; y así no soy de la opinión de las monarquías americanas. He aquí mis
razones. El interés bien entendido de una república se circunscribe en la
esfera de su conservación, prosperidad y gloria. No ejerciendo la libertad
imperio, porque es precisamente su opuesto, ningún estímulo excita a los
republicanos a extender los términos de su nación, en detrimiento de sus
propios medios, con el único objeto de hacer participar a sus vecinos de una
Constitución liberal. Ningún derecho adquieren, ninguna ventaja sacan
venciéndolos, a menos que los reduzcan a colonias, conquistas o aliados,
siguiendo el ejemplo de Roma. Máximas y ejemplos tales están en oposición
directa con los principios de justicia de los sistemas republicanos, y aún diré
más, en oposición manifiesta con los intereses de sus ciudadanos; porque un
Estado demasiado extenso en sí mismo o por sus dependencias, al cabo viene en
decadencia, y convierte su forma libre en otra tiránica; relaja los principios
que deben conservarla, y ocurre por último al despotismo. El distintivo de las
pequeñas repúblicas es la permanencia; el de las grandes es vario, pero siempre
se inclina al imperio. Casi todas las primeras han tenido una larga duración; de
las segundas sólo Roma se mantuvo algunos siglos, pero fue porque era república
la capital y no lo era el resto ! de sus dominios que se gobernaban por leyes e
instituciones diferentes.
Muy
contraria es la política de un rey, cuya inclinación constan te se dirige al
aumento de sus posesiones, riquezas y facultades; con razón, porque su
autoridad crece con estas adquisiciones, tanto con respecto a sus vecinos, como
a sus propios vasallos que temen en él un poder tan formidable cuanto es su
imperio que se conserva por medio de la guerra y de las conquistas. Por estas
razones pienso que los americanos ansiosos de paz, ciencias, artes, comercio y
agricultura, preferirían las repúblicas a los reinos, y me parece que estos
deseos se conforman con las miras de Europa.
No
convengo en el sistema federal entre los populares y representativos, por ser
demasiado perfecto y exigir virtudes y talentos políticos muy superiores a los
nuestros; por igual razón rehuso la monarquía mixta de aristocracia y
democracia que tanta fortuna y esplendor ha procurado a Inglaterra. No
siéndonos posible lograr entre las repúblicas y monarquías lo más perfecto y
acabado, evitemos caer en anarquías demagógicas, o en tiranías monócratas.
Busquemos un medio entre extremos opuestos que nos conducirán a los mismos
escollos, a la infelicidad y al deshonor. Voy a arriesgar el resultado de mis
cavilaciones sobre la suerte futura de América; no la mejor, sino la que sea
más asequible.
Por la
naturaleza de las localidades, riquezas, población y carácter de los mexicanos,
imagino que intentarán al principio establecer una república representativa, en
la cual tenga grandes atribuciones el poder Ejecutivo, concentrándolo en un
individuo que, si desempeña sus funciones con acierto y justicia, casi naturalmente
vendrá a conservar una autoridad vitalicia. Si su incapacidad o violenta
administración excita una conmoción popular que triunfe, ese mismo poder
ejecutivo quizás se difundirá en una asamblea. Si el partido preponderante es
militar o aristocrático, exigirá probablemente una monarquía que al principio
será limitada y constitucional, y después inevitablemente declinará en
absoluta; pues debemos convenir en que nada hay más difícil en el orden
pol&i acute;tico que la conservación de una monarquía mixta; y también es
preciso convenir en que sólo un pueblo tan patriota como el inglés es capaz de
contener la autoridad de un rey, y de sostener el espíritu de libertad bajo un
cetro y una corona.
Los
Estados del istmo de Panamá hasta Guatemala formarán quizás una asociación.
Esta magnífica posición entre los dos grandes mares, podrá ser con el tiempo el
emporio del universo. Sus canales acortarán las distancias del mundo:
estrecharán los lazos comerciales de Europa, América y Asia; traerán a tan
feliz región los tributos de las cuatro partes del globo. ¡Acaso sólo allí
podrá fijarse algún día la capital de la tierra! Como pretendió Constantino que
fuese Bizancio la del antiguo hemisferio.
Nueva
Granada se unirá con Venezuela, si llegan a convenirse en formar una república
central, cuya capital sea Maracaibo o una nueva ciudad que con el nombre de Las
Casas (en honor de este héroe de la filantropía), se funde entre los confines
de ambos países, en el soberbio puerto de Bahía Honda. Esta posición aunque desconocida,
es más ventajosa por todos respectos. Su acceso es fácil y su situación tan
fuerte, que puede hacerse inexpugnable. Posee un clima puro y saludable, un
territorio tan propio para la agricultura como para la cría de ganados, y una
gran de abundancia de maderas de construcción. Los salvajes que la habitan
serían civilizados, y nuestras posesiones se aumentarían con la adquisición de
la Guajira. Esta nación se llamaría Colombia como tributo de justicia y gra
titud al creador de nuestro hemisferio. Su gobierno podrá imitar al inglés; con
la diferencia de que en lugar de un rey habrá un poder ejecutivo, electivo,
cuando más vitalicio, y jamás hereditario si se quiere república, una cámara o
senado legislativo hereditario, que en las tempestades políticas se interponga
entre las olas populares y los rayos del gobierno, y un cuerpo legislativo de
libre elección, sin otras restricciones que las de la Cámara Baja de
Inglaterra. Esta constitución participaría de todas las formas y yo deseo que
no participe de todos los vicios. Como esta es mi patria, tengo un derecho
incontestable para desearla lo que en mi opinión es mejor. Es muy posible que
la Nueva Granada no convenga en el reconocimiento de un gobierno central,
porque es en extremo adicta a la federación; y entonces formará por sí sola un
Estado que, si subsiste, podr&aa! cute; ser muy dichoso por sus grandes
recursos de todos géneros.
Poco
sabemos de las opiniones que prevalecen en Buenos Aires, Chile y el Perú;
juzgando por lo que se trasluce y por las apariencias, en Buenos Aires habrá un
gobierno central en que los militares se lleven la primacía por consecuencia de
sus divisiones intestinas y guerras externas. Esta constitución degenerará
necesariamente en una oligarquía, o una monocracia, con más o menos
restricciones, y cuya denominación nadie puede adivinar. Sería doloroso que tal
caso sucediese, porque aquellos habitantes son acreedores a la más espléndida
gloria.
El
reino de Chile está llamado por la naturaleza de su situación, por las
costumbres inocentes y virtuosas de sus moradores, por el ejemplo de sus
vecinos, los fieros republicanos del Arauco, a gozar de las bendiciones que
derraman las justas y dulces leyes de una república. Si alguna permanece largo
tiempo en América, me inclino a pensar que será la chilena. Jamás se ha
extinguido allí el espíritu de libertad; los vicios de Europa y Asia llegarán
tarde o nunca a corromper las costumbres de aquel extremo del universo. Su
territorio es limitado; estará siempre fuera del contacto inficionado del resto
de los hombres; no alterará sus leyes, usos y prácticas; preservará su
uniformidad en opiniones políticas y religiosas; en una palabra, Chile puede
ser libre.
El
Perú, por el contrario, encierra dos elementos enemigos de todo régimen justo y
liberal; oro y esclavos. El primero lo corrompe todo; el segundo está
corrompido por sí mismo. El alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la
sana libertad; se enfurece en los tumultos, o se humilla en las cadenas. Aunque
estas reglas serían aplicables a toda la América, creo que con más justicia las
merece Lima por los conceptos que he expuesto, y por la cooperación que ha
prestado a sus señores contra sus propios hermanos los ilustres hijos de Quito,
Chile y Buenos Aires. Es constante que el que aspira a obtener la libertad, a
lo menos lo intenta. Supongo que en Lima no tolerarán los ricos la democracia,
ni los esclavos y pardos libertos la aristocracia; los primeros preferirán la
tiranía de uno solo, por no padecer las persec uciones tumultuarias, y por establecer
un orden siquiera pacífico. Mucho hará si concibe recobrar su independencia.
De
todo lo expuesto, podemos deducir estas consecuencias: las provincias
americanas se hallan lidiando por emanciparse, al fin obtendrán el suceso;
algunas se constituirán de un modo regular en repúblicas federales y centrales;
se fundarán monarquías casi inevitablemente en las grandes secciones, y algunas
serán tan infelices que devorarán sus elementos, ya en la actual, ya en las
futuras revoluciones, que una gran monarquía no será fácil consolidar; una gran
república imposible.
Es una
idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola nación con un
solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un
origen, una lengua, unas costumbres y una religión debería, por consiguiente,
tener un solo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de
formarse; mas no es posible porque climas remotos, situaciones diversas,
intereses opuestos, caracteres desemejantes dividen a la América. ¡Qué bello sería que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo
que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de
instalar allí un augusto Congreso de los representantes de las repúblicas,
reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de
la guerra, con las naciones de las otr as tres partes del mundo. Esta especie
de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra
regeneración, otra esperanza es infundada, semejante a la del abate St. Pierre
que concibió el laudable delirio de reunir un Congreso europeo, para decidir de
la suerte de los intereses de aquellas naciones.
«Mutuaciones
importantes y felices, continuas pueden ser frecuentemente producidas por
efectos individuales». Los americanos meridionales tienen una tradición que
dice: que cuando Quetzalcoatl, el Hermes, o Buda de la América del Sur resignó
su administración y los abandonó, les prometió que volvería después que los
siglos designados hubiesen pasado, y que él restablecería su gobierno, y
renovaría su felicidad. ¿Esta tradición, no opera y excita una convicción de
que muy pronto debe volver? ¡Concibe usted cuál será el efecto que producirá,
si un individuo apareciendo entre ellos demostrase los caracteres de Quetzalcoatl,
el Buda de bosque, o Mercurio, del cual han hablado tanto las otras naciones?
¿No cree usted que esto inclinaría todas las partes? ¿No es la unión todo lo
que se necesita para ponerlos en estado de expulsar a los españoles, sus
tropas, y los partidarios de la corrompida España, para hacerlos capaces de
establecer un imperio poderoso, con un gobierno libre y leyes benévolas?
Pienso
como usted que causas individuales pueden producir resultados generales, sobre
todo en las revoluciones. Pero no es el héroe, gran profeta, o dios del
Anáhuac, Quetzalcoatl, el que es capaz de operar los prodigiosos beneficios que
usted propone. Este personaje es apenas conocido del pueblo mexicano y no
ventajosamente; porque tal es la suerte de los vencidos aunque sean dioses. Sólo
los historiadores y literatos se han ocupado cuidadosamente en investigar su
origen, verdadera o falsa misión, sus profecías y el término de su carrera. Se
disputa si fue un apóstol de Cristo o bien pagano. Unos suponen que su nombre
quiere decir Santo Tomás; otros que Culebra Emplumajada; y otros dicen que es
el famoso profeta de Yucatán, Chilan-Cambal. En una palabra, los más de los
autores mexicanos, polémicos e historiadores profano s, han tratado con más o
menos extensión la cuestión sobre el verdadero carácter de Quetzalcoatl. El
hecho es, según dice Acosta, que él establece una religión, cuyos ritos, dogmas
y misterios tenían una admirable afinidad con la de Jesús, y que quizás es la
más semejante a ella. No obstante esto, muchos escritores católicos han
procurado alejar la idea de que este profeta fuese verdadero, sin querer
reconocer en él a un Santo Tomás como lo afirman otros célebres autores. La
opinión general es que Quetzalcoatl es un legislador divino entre los pueblos
paganos de Anáhuac, del cual era lugarteniente el gran Moctezuma, derivando de
él su autoridad. De aquí que se infiere que nuestros mexicanos no seguirían al
gentil Quetzalcoatl, aunque apareciese bajo las formas más idénticas y
favorables, pues que profesan una religió! n la más intolerante y exclusiva de
las otras.
Felizmente
los directores de la independencia de México se han aprovechado del fanatismo
con el mejor acierto proclamando a la famosa Virgen de Guadalupe por reina de
los patriotas, invocándola en todos los casos arduos y llevándola en sus
banderas. Con esto, el entusiasmo político ha formado una mezcla con la
religión que ha producido un fervor vehemente por la sagrada causa de la
libertad. La veneración de esta imagen en México es superior a la más exaltada
que pudiera inspirar el más diestro profeta.
Seguramente
la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración.
Sin embargo, nuestra división no es extraña, porque tal es el distintivo de las
guerras civiles formadas generalmente entre dos partidos: conservadores y
reformadores . Los primeros son, por lo común, más numerosos, porque el
imperio de la costumbre produce el efecto de la obediencia a las potestades
establecidas; los últimos son siempre menos numerosos aunque más vehementes e ilustrados.
De este modo la masa física se equilibra con la fuerza moral, y la contienda se
prolonga, siendo sus resultados muy inciertos. Por fortuna entre nosotros, la
masa ha seguido a la inteligencia.
Yo
diré a usted lo que puede ponernos en aptitud de expulsar a los españoles, y de
fundar un gobierno libre. Es la unión , ciertamente; mas esta unión no
nos vendrá por prodigios divinos, sino por efectos sensibles y esfuerzos bien
dirigidos. América está encontrada entre sí, porque se halla abandonada de todas
las naciones, aislada en medio del universo, sin relaciones diplomáticas ni
auxilios militares y combatida por España que posee más elementos para la
guerra, que cuantos furtivamente podemos adquirir.
Cuando
los sucesos no están asegurados, cuando el Estado es débil, y cuando las
empresas son remotas, todos los hombres vacilan; las opiniones se dividen, las
pasiones las agitan y los enemigos las animan para triunfar por este fácil
medio. Luego que seamos fuertes, bajo los auspicios de una nación liberal que
nos preste su protección, se nos verá de acuerdo cultivar las virtudes y los
talentos que conducen a la gloria; entonces seguiremos la marcha majestuosa
hacia las grandes prosperidades a que está destinada la América meridional;
entonces las ciencias y las artes que nacieron en el Oriente y han ilustrado a
Europa, volarán a Colombia libre que las convidará con un asilo.
Tales
son, señor, las observaciones y pensamientos que tengo el honor de someter a
usted para que los rectifique o deseche según su mérito; suplicándole se
persuada que me he atrevido a exponerlos, más por no ser descortés, que porque
me crea capaz de ilustrar a usted en la materia.
Soy de
usted, etc., etc.
Kingston, 6 de septiembre de 1815