ESPECIAL

 

24 de fevereiro de 2006

Francesco Frontino

 

Evo, Michelle y la nueva América

 

    Como sentenció Marx hace dos siglos, un fantasma recorre apresuradamente no el mundo sino América: la búsqueda de un nuevo modelo social.

    El fenómeno parece extenderse como una enfermedad crónica hacia todas las direcciones posibles, saltar por encima de toda prudencia histórica, y alcanzar una velocidad fuera de toda sospecha.

    América Latina vive un momento de impaciencia política.

    En medio de ese volcán se producen sorpresas. Evo, Michelle, han sido extrañezas que nadie esperaba. No estaban en los cálculos hace dos años.  

    La política latinoamericana está modificando las estructuras, los paradigmas, y sobre todo, sus figuras. Sus grandes figuras.

    Un obrero, un médico, un militar sublevado, una mujer, un indígena, un político de izquierda, salen ahora presidentes en América.

    Ya ningún político está seguro. Los partidos tradicionales empiezan a declararse en quiebra, muchos se disolverán muy pronto.

    ¿Qué está pasando realmente?

    Se han probado todos los modelos y todos los modelos han fracasado. Esa es la historia de América Latina en los últimos 50 años. Del desarrollismo y el proteccionismo, hasta el neoliberalismo. Hay un problema central: Estados Unidos ha considerado al resto del continente como un traspatio seguro. Pero un traspatio desolado y olvidado.

    América Latina no es una región tan dominada como tan abandonada. Ha sido una dominación insuficiente, despectiva, indolente. Y ha hecho añicos.

    Ya no pueden emplear el tema de “la exportación de la Revolución”. O la subversión armada.  No son las guerrillas las que amenazan la estabilidad de esa dominación, como lo fuera en los años 60 y 70 del siglo pasado, sino una ola popular bien conducida, original, sin precedentes, llena de descontento por el estado de cosas y ante el vacío de poder provocado por el fracaso de las políticas económicas de los sucesivos gobiernos de la región. Unos tras otros, más a la derecha, más al centro, siempre fracasando.

    ¿Qué se está discutiendo?

    Cómo resolver el agobio social que conduce a que una parte considerable de la población viva en condiciones penosas, debajo de la franja mínima de pobreza. Lo que llamaban eufemísticamente “la pobreza absoluta” y fuera tema de campaña de políticos alternativos.

    Ahora toca  la gran pregunta: ¿Cambios con capitalismo o sin capitalismo?

    De qué estamos hablando, de un sistema económico social, un régimen de producción, o de un régimen político.      ¿Existe régimen social sin régimen económico?

    ¿Es posible transformar el capitalismo en el mundo y en América en particular? ¿Se podrá eludir ese régimen de producción en una zona pobre y desolada del planeta sin que se produzca una transformación mundial de ese sistema? ¿Ha llegado la crisis final del capitalismo?

    Por el momento parece que el capitalismo en su proceso lógico e histórico –y cíclico, decía Marx– de desarrollo, agotamiento y crisis –que puede durar cientos de años–  está acumulando un gran residuo que se llama pobreza, en una gran zona que se llama países pobres, y que necesita ese residido y esa zona de exclusión, un gran vertedero, una zona que esquilmar, para seguir reciclándose y renovándose en las zonas más dinámicas y gozosas de ese sistema: los llamados países industrializados.

    Quiere decir que América Latina –como lo es Africa y algunas otras de Asia–, es por el momento, y ha sido siempre, y siempre por el momento, una gran zona de exclusión del capitalismo. La zona reservada para garantizar el capitalismo renovable de otras zonas.

    Lo que se está discutiendo, en la actualidad, no es socializar radicalmente los medios de producción –que es lo que decide el carácter de un régimen económico y social–, sino modificar el efecto social de ese tipo de sistema económico y social. Y ver cómo se pueden paulatinamente renovar sus bases más sólidas.

    No obstante, hay debates que llegan más lejos. Venezuela está replanteándose las estructuras.

    Quiere decir, modificar en todo lo posible ese sistema, hasta donde lo permita el orden económico del mundo, y la propia dinámica de la economía.

    El reto es inmenso.

    El proceso de Hugo Chavez en Venezuela, el más atrevido y radical de todos, se ha propuesto avanzar lo más lejos que pueda. Otros van timoneando el hecho social y económico, modificando en alguna medida las políticas y las estrategias, encarando la carga social y financiera, llámese deuda externa, y tratando de mitigar la gran sed social de la población.

    Buscando un desarrollo propio, por vías como la integración regional y otras más ambiciosas, de manera de ir reemplazando el modelo neoliberal por otro más dirigido a rescatar socialmente el país.

Por el momento han aparecido los líderes, quizás lo más importante, en medio de la crisis, como resorte movilizativo de acción, para una región largamente dominada.

    Tal parece que los lideres son imprescindibles.

    Estados Unidos que siempre ha tenido a América Latina como su traspatio tangible no sabe qué hacer. Todas sus recetas han fracasado. Bush se ve impelido de aplastar la ola revolucionaria, crítica, transformativa. Sin embargo, aún tiene en sus manos una gran cuota de poder económico y por tanto político.

    El Tratado para la integración completa de las Américas –excluyendo únicamente a Cuba– no ha sido enterrado totalmente aunque fuertemente cuestionado en términos técnicos y políticos.

    Nadie puede negar la gran influencia que mantiene Washington en medio de la crisis. Tiene el capital, el mercado, la tecnología, las inversiones, la propiedad de una parte de los medios de producción de América, las armas más poderosas, económicamente hablando, para un desarrollo social.

    Tiene la capacidad incluso de dialogar, negociar, desde posiciones ventajosas. Desde las alturas, aunque las alturas son cada vez más desafiadas. Tampoco los países en medio de un proceso transformativo han hallado la fórmula mágica.

    La fórmula mágica de romper con esa larga y descarnada dominación.

    Negar el capitalismo no es crear un nuevo sistema. Negar algo es solamente eso, negar lo que está establecido.     Hay que buscar la salida.

    ¿Qué han intentado los “nuevos gobiernos”, llamémoslos populares, hasta el momento?

    En medio de las diferencias, el proceso chavista es el más radical y avanzando, contando, por supuesto, con el respaldo financiero que le permiten los altos precios del petróleo mundial, la mayoría de esos “flamentes gobiernos” (Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, ahora Bolivia y Chile) han intentado y están intentando modificar, o al menos, detener, el modelo neoliberal en lo económico y su impacto social.

    Pero el neoliberalismo no es un sistema económico sino un modo, un modelo de conducir el capitalismo en una etapa concreta de su desarrollo de una forma específica.

    Por supuesto, el neoliberalismo tiene otros alcances y estrategias mundiales. Sin abundar en ello, es la receta que recomendaron, y siguen recomendando para asombro de todos, los organismos financieros internacionales para que los países no desarrollados –léase pobres– salieran de su estancamiento y avanzaran aceleradamente.

    Un plan duro, complejo, cruento, se trata de un proyecto de gran sacrificio social de una gran parte de la sociedad “improductiva”– a favor de un desarrollo a marcha forzada. Y el ejemplo de éxito era el Chile neoliberal en lo económico –y represivo en lo político– de los años 70 y 80.

    Técnicamente debió haber dado frutos. Lamentablemente no lo dio tampoco en lo económico. Quizás fue una suerte.    El exitoso Chile económico de Pinochet ha llegado a su fin: una mujer socialista, torturada, vejada, su padre asesinado, ha llegado a la presidencia de esa nación.

    Ahora, los “nuevos gobiernos” se encuentran ante un paisaje después de la batalla. El neoliberalismo no es todo el capitalismo. Los problemas de las sociedades latinoamericanas no se hallan solamente en el neoliberalismo sino en el capitalismo de fondo, estructural, básico, intangible.

    Alguien dijo una vez: el problema de América no es que el capitalismo no haya desarrollado a América sino que América no ha desarrollado el capitalismo.

    Quiere decir que los latinoamericanos son malos capitalistas. No han logrado el éxito que produjo históricamente en Europa, Estados Unidos, Japón y otras naciones.

    El problema es más profundo y complejo.  Y tiene dos caras.

    Una, es la larga dominación de los paìses ricos, desde España y, Portugal, para la zona hispanoamericana, y otros imperios para el resto del Caribe, desde varios siglos atrás. Una dominación que ha incluido una política diferente al dominio en otras zonas del mundo. Una dominación sin objeciones, quiere decir que no incluye en ese modelo de dominación, el desarrollo de esos países dominados. No está en la estrategia.

Y esa dominación larga, extenuante, mediatizada, no ha traído un desarrollo verdadero, estructural, estratégico de esta zona del planeta.

    La otra cara es la propia incapacidad “voluntaria” de los gobiernos latinoamericanos por desarrollar la región.

    Se han probado todas las recetas y todas las recetas han fracasado. Han pasado todas las especies de gobiernos y gobernantes. De políticas, fórmulas y modelos.

    Todos, absolutamente todos, han llevado a América a un estancamiento profundo.

    Cuba se encaminó, hace 47 años, por un modelo alternativo a esa dominación, decidió realizar una transformación histórica sin antecedentes en la región. Se trataba de modificar estructuralmente su sociedad, romper el esquema de dominación capitalista de Estados Unidos, y buscar otras asociaciones económicas y políticas en el mundo. Emprendió el desarrollo social de un país, mediante fórmulas radicales, transformativas, movilizando sus fuerzas mínimas, asignando los gastos necesarios al desarrollo de los campos de la educación, la salud, la cultura, el deporte, la protección y seguridad social, y otros renglones.

    Una gran operación social.

    ¿Qué ha ocurrido?

    Ha estado sometido durante más de 40 años a un bloqueo económico sin precedentes en la historia del mundo, combinado agresiones, asedios, presiones políticas, aislamiento económico, y un largo hostigamiento que es reforzado hoy, más que nunca, hasta los límites soportables.

    Washington busca una crisis interna en la Isla y una crisis en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, a todo trance. Irresponsablemente.

    América Latina tiene el gran desafío. No puede quedarse tranquila ante el desastre social que está llegando. El desastre mayor que viene a todas luces.

    Si todas las políticas y los políticos antes fracasaron, la mayoría sin intenciones verdaderas de resolver los problemas, los “nuevos gobiernos” han decidido evitar el “gran golpe social” del capitalismo en América Latina.

    Modificar todo lo que se pueda modificar y a la vez buscar los nuevos caminos, los cambios esenciales, sin desconocer el sistema mundial al cual obligadamente pertenecen, los atavismos financieros y comerciales del mundo, y que obliga a esos flamantes gobiernos, por ejemplo, a pagar una deuda externa que va creciendo a la vez que se va negociando.

    Esos nuevos gobiernos progresistas, de corte transformativo, no tienen un modelo seguro para salir del gran agobio en que viven, pero tienen, por otra parte, la responsabilidad de hacer algo. Algo distinto.

    Venezuela –quizás ahora Bolivia– está a la cabeza de esa gran búsqueda.

    Los electores que son los grandes fragmentos sociales críticos de la población esperan por ellos. ¿Dónde están los cambios?, arguyen. Para eso los elegimos. ¿Qué esperan los indígenas de Bolivia de Evo Morales?

No hay tiempo para esperar.

 

Por Francesco Frontino

 

 

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